lunes, 3 de mayo de 2010

Hoy es 27 de abril, no?

Cuento diez minutos de mi vida. Como si después de ellos fuera a acabarse todo.
Pierdo los dos primeros en pensamientos fugaces, y luego acepto la realidad de que esto no acaba aquí. De que solo es una idea más que he tenido, porque ahora mismo solo tengo diez minutos hasta que acabe el día 27 de abril, y empiece el 28.
Solo me quedan siete. Un número precioso, podría decir que hace siete años que te conozco, que pienso siete veces en ti al día...
Pero es una tontería decir cosas que tú ya sabes.
Quiero llegar a la verdad universal en tiempo récord, adonde nace el sentimiento, el que me hace quererte cada día más, aunque seas un ser irracional y confundas términos, aunque me den ganas de regañarte cada vez que te veo, pero necesito algo que sea tan fugaz como los seis minutos frenéticos que por ti me quedan viviendo.
Necesito algo, como tu sonrisa, como tu absurda sonrisa, inquisitiva, y fría, como esos ojos azules observando el infinito chiquitito que supongo a tu presencia... y ya solo quedan cinco minutos para decirte que lo siento. Que siento volverme chiquitita en tu presencia, ser cada vez más y más pequeña, porque aunque cada día yo me haga más vieja, tú te haces más grande (y no solo físicamente, malvada bruja)
Y cuatro minutos me quedan, para decirte que te odio, como si llevaras cuatro años sin hablarme, como si te necesitara para respirar y pasaras demasiado tiempo lejos cuatro minutos para ello. Así que no me desobedezcas
Tres para decirte que me alegro de verte, que me hace feliz que sonrías, que despegues, que pintes, que bailes, y que te equivoques. Me hace feliz que crezcas.
Dos minutos me faltan, dos minutos en los que no me va dar tiempo a poner en una frase todo el orden de lo que quiero, pues si empiezo contigo, contigo acabo, y si acabo contigo, en la mitad te dejo. No me caben las palabras ni en renglones eternos, no me caben, pequeña, porque necesito el último minuto para decirte que te quiero.

Y el resto del año, hasta tu próximo aniversario, se pasarán las horas volando, hasta que lleguen los diez minutos frenéticos, en los que observo, recuerdo y anhelo, como si casi no existieras, como si no siguieras delante, y vacío el cuenco, el alma, el sentimiento. Y en 10 minutos te digo que nunca me arrepiento, de haber dado contigo, con tus ojos, con tus labios, y con tus besos.
Que no me arrepiento, de derrochar un minuto en decirte que te quiero.


A esa pequeña enana a la que quiero tanto, tanto tanto. Como si fuera mi hermana.

viernes, 12 de marzo de 2010

Incoherencia

Pienso en muchas notas, que puedan llevarse lejos de mis oídos el traqueteo de tus pasos. En muchas notas, capaces de alzarse y desvanecerse, de escucharse y de pronto apagarse como si de la luz más tenue se tratara.
Pienso en esas notas, como si fueran la vía de escape para cerrar los ojos y no volverte a ver.
Y esas notas, son la música, de los dedos sobre el teclado... de cada párrafo, cada palabra, cada ritmo, y cada sinsentido que embriaga este pobre corazón.
La indignación de no saberse en ningún lugar, de no sentirse en posición de nada, de ni siquiera conocerse.
Me asombra tu postura, tu redundante y absurda pose de intelectual revalidado, inteligente y con buena mente, cuya única preocupación es sostener su cabeza sobre un brazo en pose de pensador.
Já, me río yo hoy de Rodin, de su pensador, y de ti, el mío.
Que por qué te llamo "mi pensador"? Pues bien, aunque tú hagas gala, o intentes hacer gala de que piensas, todo el mundo sabe que no lo haces. Así que por una parte hay un poco de ironía, por otra, mi pensador, como genio creador de mí en tu pensamiento, que está claro que de ello vives, y de ese anhelo alimentas tus ganas de hacer daño, de rememorar lo que nunca ha existido.
Y de cuestionarte por qué no te echo de menos, y es que nunca ha habido nada que echar de menos, nunca entre tú y yo ha habido más que un hola y un adiós.
Solo espero que te des cuenta de una vez, de que todo se ha desvanecido, de que te lo digo por aquí porque no hay forma más rápida de que te des cuenta de que esto va para ti, porque todo lo que escribo aquí te parece suficiente para darte por aludido, por el sentimentalismo romántico que suele llevar (me río yo en tu cara pensador), de medias tintas y pocas estaturas.
De cosas insulsas, de momentos frívolos, amante de nada, y de nadie, y querido de todo lo que no se atreve a contener sentimiento.
Me río yo de ti pensador, por no saber escuchar nada más allá del sonido que produce tu propia respiración, por no saber darte cuenta de lo que tienes o has tenido, y por encima, tener la plena desfachatez de haber puesto en duda que en algún momento fue tuyo.
Me río yo de ti pensador, y sin hacerme falta pensar me sigo riendo.
De tu tontería, de tu afán por deshacer lo que en un momento creímos nuestro, lo que por un día fue algo más que un beso, me río yo de todo pensador.
Porque yo, si es como tú, no pienso.

domingo, 21 de febrero de 2010

Renacer

Esperaba tumbada en la cama, como cada noche, el sonido de una gota de agua que incesante se precipitara una y otra vez hasta perderse por el desagüe. La misma dichosa gota de todas las noches, esperaba el sobresalto en mitad del silencio nocturno, reconocerla entre ese tupido velo de serena ausencia de luz. Pero allí no se oía absolutamente nada.
Me apoyé descalza sobre el resquicio entre las dos baldosas que adornan el pie de mi cama. Y me sostuve sobre el frío que se cristalizaba bajo mis pies. Caminé hasta el baño, intentando saber qué había sido de mi amiga la gota. Pero allí solo encontré la sequedad y el ambiente turbio que deja la soledad. Ni una gota de agua, advertí la realidad, y casi sentí que me faltaba el aire.
Me precipité corriendo hacia la habitación, y tropezando esta vez con el leve resquicio caí de lleno en mi nido. Y qué estúpida me sentí.
Recuerdo ese momento, giré sobre mí misma, y agarré firmemente mis manos apretando las rodillas contra el pecho, como si hubiera algo que quisiera salir de mí, y esa fuera la única barrera que me hiciera inmune a la tristeza.
Las lágrimas asomaban suavemente por la abertura de mis párpados, y caían por su propio peso sobre el mismo punto de la almohada, dibujando un círculo casi perfecto, que por lo frenético de mi respiración acabó desviándose, y pareciendo todo lo que siempre había sido, una gota de agua, una lágrima.
Me pareció tan irónico dibujar con una lágrima mi propia compañía, que en ese momento volví a reír.
Me fustigo cada noche, con los acordes oscuros que escuchaba junto a ti.
Culpo al cielo, a la luna, a las estrellas, por parecerse a las que veía contigo y hacerme recordar lo que nunca existió. Lo que hoy quiero olvidar.
Y lo peor es que no lo consigo, lo tremendo es que sigo recordando, cada palabra, cada gesto, falso o verdadero que tuviste conmigo, y hoy me sumerjo en la oscuridad más remota. Coloreo yo misma de negro opaco mi noche, y desdibujo la pena que da tono ilustre a mis pómulos, sofocándolos con un rojo amapola.
Todas las sensaciones se funden de nuevo, en una pieza musical llena de altibajos, que me hacen quererte y odiarte, verte y olvidarte, me hacen desaparecer.
Y con ello ser nota, danzar, darle libre albedrío a mi limitada existencia de hada de alas rotas.
Y ya estoy cansada de las lágrimas precipitadas, de los dibujos insulsos, y de las metamorfosis en la sequedad de mi almohada. Estoy cansada de hacer que todo pierda su color.
Hoy me he ordenado renacer.
Y mi mañana empieza con la palabra vivir.
Difusa, extraña, perdida, fundida y oscura... como una nota en mitad de una pieza musical entonada para hablar de la vida
http://www.youtube.com/watch?v=GWrxs2RDNRU

una vez lo hiciste todo
una vez lo fuiste todo
y por una vez renací

A ti.

REBECA GEMMA BORRERO PÉREZ-TARYBEKY-Copyright ©

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Un adiós.

Mis lágrimas gotean sobre tu imagen desgastada y yo me derrito en mi soledad. Siento la cólera que embarga a los héroes cuando deciden hacer frente a sus miedos y arrancar de su vida la pena y el abandono. Arranco a jirones la piel de mis labios emborronando el último resquicio del falso beso que me diste en pro de una recompensa mucho mayor.
Yo, Ulises, navego y naufrago a partes iguales en el laberinto imposible que dista entre tú y yo. Acaricio en la oscuridad la mentira transformada en la densa niebla del amor, que febril y cautivo sale de su escondrijo en busca de tú y yo. No quiero escuchar más hipocresía, cuando el deseo frívolo te embarca en una nave mayor que tu alma, cuando lo prescindible toma la importancia que regala la satisfacción del hedonismo.
Cuando el ¿Qué? y el ¿cuándo? importan más que el "mí" y el "vos" espero despechado encontrar el sentido a la búsqueda del amor, capaz de herirte tan hondo que socava el alma.
Recuerdo que me cansé de repetírtelo una y otra vez, esto mismo que hoy te escribo con negro sobre blanco como el rubor de tus labios que antaño hacía nubes en mi atardecer naranja.
El gris de la luna es rojo carmesí comparado con la palidez de mis labios, que de llagas y mentiras no son dunas si no surcos en el desierto de sal, cristalizadas las lágrimas de tus eternas y falsas despedidas.
Hoy te devuelvo, querida, cada súplica alarmante, que tu acelerado corazón gritaba en su inventada oscuridad.
De esperarme surgieron heridas en tu cuerpo, en tu alma, en tus ojos que ya apenas reconozco, y que tristemente perdieron en la guarda su color.
Llego aquí y te desvelo en esta noche sin estrellas a la que solo alumbra el destello de tu voz, y aunque ella, elixir y ungüento esfumando cada error, adquiere un tono de reproche.
No por tarda en mi regreso, sino por conseguir volverte a ver.
Y seamos sinceros, ni tú ya me amas, ni esa tras de ti es mi casa, ni tu Ulises soy yo.
Alegra esa cara, amada, que mi barco ya zarpa de tu puerto, y hoy naufrago y me ahogo a partes iguales en el difunto mar de este roto amor, que se asfixió con los recuerdos de tu color.



REBECA GEMMA BORRERO PÉREZ-TARYBEKY-Copyright ©

domingo, 15 de noviembre de 2009

Enamorada de tu risa.

Vil metal en los bolsillos fueron los besos, que a peniques llenaron su baúl. La mínima aportación de cariño en su más conocida referencia. La caricia de unos labios sobre tu piel. El sentimiento de la compañía, el momento en el que exhalas un suspiro y alguien traga junto a ti tu impaciencia y tristeza, respirando el aire que ya expulsaste, su ahogo.
Él solo esperó al momento en que todo aquello acabara, en que ya nunca más se contemplara la misma situación, y al pasar el tiempo se dio cuenta de que de verdad era más triste la soledad que quedarse sin respiración, que helarse bajo la tierra.
Se dio cuenta, cuando el amanecer nunca llegaba, y todo en el día se parecía a una intensa oscuridad, cuando se marchó.
La deprimente despedida enmarcó en un lienzo los alaridos de la frustración, que derrotista y derrotada irrumpió en un inmenso vacío, llenando una idea, en la que no importaba mucho el pensamiento embargado, ni siquiera si este tenía coherencia, si no que se prefería la simple apariencia, la presencia, el sentir plenitud.
El momento de olvido jurado, de final inesperado.
Sin mucha exigencia el tiempo siguió caminando por la misma calle, y cuando ya contaba a sus espaldas unos años y unos días de más, ella volvió a aparecer en su vida.
De pronto los colores enmascararon los cielos oscuros, repletos de nubes de pura contaminación, y es que él ya no se fijaba en si podía o no respirar, si era momento o no de descansar su alma en un diván contándole sus historias a 3 tristes tigres que acurrucados en la cama con su peluche y sus ojos de botón parecían atender lo que a su mente acontecía. Le asaltaban las dudas, la intriga le carcomía, y pasó noches enteras, semanas y días preguntándose por su imaginación, si aquello que hubiera visto fuera real, o una idea más dispuesta a escribir una línea en el libro de su vida.
La volvió a ver, la música recelosa se le metía hasta las entrañas, y los momentos del pasado enlazaban a la perfección con su presente, dándole sentido a su existencia y a su lamento.
Afluente de sentimientos asaltó por fin con una palabra, que verificaba su existencia al triste corazón podrido, que como rosa del desierto sumergida en fresca agua volvió a resugir.
Y de grande se hizo gigante, de gigante se hizo amor, y cuando se acabó el temporal, el viento sopló fuerte, las hojas caían rasgando con su chirriante alma los acristalados de coches, ventanas, y escaparates, la ciudad alfombrada de hojas apareció una mañana gris de noviembre.
El acaudalado tráfico de elixires en movimiento, de aquellas miradas de ungüento aquél día se detuvo, y no fue fácil darse cuenta, de que todo aquello tenía que tener un final.
Y decidió quedarse solo, muerto, decidió que le faltara el aire, antes que sentir su soledad, porque aquél día murió junto a su último sentimiento la palabra que el viento traía y susurraba a su oído la existencia de su amor. Ella había desaparecido.
Lo único que le quedaba era el recuerdo olvidado de una palabra que no en vano guardó en su bolsillo, y que cada día de noviembre, caminante, moribundo, le acompaña hasta la alfombrada calle de hojas, donde él espera ver soplar al viento y que en un remolino de marrón y verde destello se lo lleve junto a ella.
Allí cada día la ve renacer,
Y tendido en la moqueta de hoja marchita, le susurra a la nada "Escribo en la hojarasca tu nombre con temor a que se rompa en mil pedazos y me abandone" mientras guía su mano con un carboncillo sobre las hojas que se disipan a cada roce, y cada día pasa el viento, que arrastra los pedacitos, engalanando la ciudad, de un intenso aroma a otoño, a abandono, a caída, a derrotismo, a lucha y a amor. Mientras él, tendido sobre aquel lecho imagina el momento de convertirse en una hoja, secarse, y morir.
Y se sonríe, ya de viejo, por lo estúpido de enamorarse de los tintes de Madrid.


Madrid, vuestro intenso vacío.
Madrid, mi plenitud.

REBECA GEMMA BORRERO PÉREZ-TARYBEKY-Copyright ©

martes, 27 de octubre de 2009

sonidos

Sedimento la memoria de los días soleados, del verano con quien todos se encariñan, de la niñez que a todos nos encandila hasta el punto de pasar el resto de nuestra vida añorando esas edades, que no esos años. Solo guardo el lugar para el recuerdo.
La lejanía de un aroma familiar, o de una tecla que al piano se acelera volviendo frenético el ritmo de tu corazón. Éste corre, sin salirse del compás que marcan tus párpados, al abrirse y cerrarse a cada momento que deseas volver a ver, y cegarte de pronto. A cada momento que escuchas te vacías y te llenas en acordes bailarines que retuercen la banda sonora de tu alma.

domingo, 6 de septiembre de 2009

yuuuuuuupi


Tras infinidad de momentos moñas, un tanto desaliñados, necesito hacer unas cuantas confesiones, que tampoco vendrían mal a este momento, en el que el día es la mejor excusa para quererte, pero no el mejor motivo.
A decir verdad, temía, no acordarme del día de tu cumpleaños, que llegara ese momento y no supiera que era hoy, que hubiera perdido, como de costumbre la noción del tiempo. Y pensé, cómo podría hacer para que no se me olvidara tu cumpleaños. Por un momento estuve por apuntarlo, pero no, no quería que me lo recordara un papel, o el móvil, o cualquier otra cosa. Quería acordarme por mí misma, y tomármelo como la confirmación de que eres ciertamente especial.
Y aquí estoy, creyendo que lo eres. Estúpida? puede, moñas, seguro. Pero no es más que un día al año en el que escupo todo esto, y creo recordar que el pasado no lo hice, y los anteriores mucho menos, así que déjame ahora, disfrutar por un momento de lo que sé que siento, padezco, vivo y me enorgullezco por ti.
Decidí que tenía que acordarme por mí misma, que siendo el día 7, llevando mi número favorito, tendría que acordarme, pero no me acuerdo por eso. Pensé, por otro lado, que soy buena con las fechas, que solo tenía que pensar que caía en lunes, y vaya, tampoco me acuerdo por eso. Creí, en otro momento, que lo mejor sería quedar contigo expresamente ese día, para que así no se me olvidara. Pero que yo sepa en este momento no estamos juntos. Otra idea fue, poner una foto contigo de fondo de escritorio, pero no sería la primera vez que la pongo y no es todos los días tu cumpleaños. Tenía que ser algo que verdaderamente me sirviera.
Y dejé de pensar, en cómo acordarme, porque llegué a la conclusión de que nunca te olvido. De que soy incapaz de sacar tu nombre de mi memoria, pero también me di cuenta de que no quiero sacarlo.
De que voy a recordar este día no porque nacieras tú, sino porque tú estás a mi lado.
Te quiero, más que a la nocilla, que a todos los sawyers del mundo, que a todos los capítulos de lost, que a todas las tiendas guays del mundo, y que a todos los edificios de chorrocientos pisos de solo una persona...
Y qué más te voy a decir... te quiero como solo te quiero a ti.
Porque sé que si contigo digo siempre, no me cansaré a mitad del camino y me arrepentiré de no haber dicho nunca.